lunes, 17 de octubre de 2011

El hombre que se escondió en Peggy

El profesor santacrucero de 82 años que encarnó durante 37 a la cerdita presumida se despide del personaje "con mucho dolor"
Está sentado en su sillón, junto a una pequeña mesa en la que descansan un cenicero abarrotado de cigarros –uno encendido en su mano–, el libro El tiempo entre costuras y las gafas. Sus ojos muestran tristeza pero también ternura. Es el hombre que se escondió durante más de 37 años dentro de la Peggy que los carnavaleros tanto han querido, y cuya cara, sexo e identidad nadie descubrió.

Pero esa cerdita presumida ya nunca volverá a estar en las calles chicharreras entre el calor y color carnavaleros. El cuerpo del hombre, de 82 años, ya no puede con ella. "Yo no concibo a una Peggy queriendo bailar y que le sea imposible, que esté arrastrando sus pies por el suelo. He aceptado que ha llegado su final. He sentido mucho dolor pero debo decirle adiós", comenta resignado.

El hombre que se ocultaba tras Peggy enciende un cigarro.Se compara con Greta Garbo, a quien admira, "porque supo retirarse a tiempo. Cuando se dio cuenta de que no era la Greta que todos adoraban, se fue y nunca volvió a aparecer". Por el mismo motivo, rechaza a esas otras artistas, como "Sara Montiel o Marujita, que intentan luchar contra el paso de los años".

Él tomó la decisión en el pasado Entierro de la Sardina. Cuando durante el recorrido llegó al Ayuntamiento, aquella Peggy que nunca se cansaba se dio cuenta de que ya no tenía más fuerzas para seguir. Se apoderó de ella el cansancio y los problemas de movilidad que el hombre ya empezaba a sufrir. Hasta ahí había llegado. "No fue fácil, pero ya había muerto la Peggy que yo había creado". Lo que sí quiere es mantener el misterio, y por eso sigue sin querer que se fotografíe el rostro del hombre y tampoco quiere descubrir sus apellidos. José Manuel, padre de tres hijas, fue educador y muy carnavalero. Sus abuelos le contaron que desde los tres años le encantaba disfrazarse.

Ya de mayor fueron varias las fantasías que sacó a la calle antes de Peggy, siempre ocultando su cara. De pavo real, de diablillo, de un jarrón con flores... Pero cuando se tropezó en la televisión con la serie Los Teleñecos se enamoró hasta las trancas de Peggy. Asegura que lo suyo "fue un flechazo", aunque su personalidad nada tiene que ver con la del personaje. "Decidí convertirme en ella durante los Carnavales y así comenzó nuestra historia. He sido tan feliz con ella", rememora.

Por eso no fue capaz de tirar a la basura una de las 18 cabezas de la cerdita presumida que él mismo había creado para su disfraz. Sí lo hizo con el resto de caretas y con todos los trajes que el mismo había diseñado y cosido para su Peggy. Los destrozó con tijeras para arrancarla de su corazón. Pero a esa cabeza le tenía demasiado cariño. Fue de las primeras que hizo. Ahora, de vez en cuando, la saca de la bolsa y le arregla el pelo y durante varios minutos la observa con nostalgia. Después vuelve a guardarla. "No sé por qué la he conservado. La tenía en mi mano y no pude romperla. No he derramado ni una lágrima, pero he sentido dolor, mucha pena y tantas cosas... Ha sido el golpe más duro que me ha dado la vida, el tener que dejar a Peggy y al Carnaval, porque sin ella ya nunca saldré".

La Peggy a la que todos adoraron era cariñosa, divertida, bailarina y extremadamente presumida. Sin embargo, el hombre que se ocultó dentro de ella en nada se le parecía. "Yo quiero pasar desapercibido y, por no tener, no tengo ni un anillo en los dedos. Pero con el disfraz, tenía que ser Peggy".

"Eran tantos los piropos que me decían, que el hombre los interiorizaba y me quedaba tan lleno que me duraba para todo el año, y no necesitaba ser el centro de atención de nada, al contrario que ella", dice José Manuel.

Pero reconoce que en algún momento tuvo celos de su Peggy, la que no se perdía ni un solo acto del Carnaval, ni una sola Gala. "Ella tenía muchos más amigos que yo. Un año quise hacer una prueba. Primero salí con el disfraz de Peggy y fueron miles los besos, abrazos, piropos, saludos... Volví a casa, me puse mi ropa y salí a pasear durante unas tres horas. Creo que en ese tiempo me saludaron dos personas y porque me conocían. Claro, nadie sabía que yo era Peggy, pero sentí una tremenda soledad. Aún así, nunca he querido poner fin al anonimato. ¿Que por qué lo decidí así? No lo sé. Igual habría tenido muchos más amigos si la gente hubiese sabido que era yo", cuenta.

En otra ocasión, un grupo de turistas se acercaron a Peggy y le pidieron fotos porque ya habían oído hablar de ella, de que era un personaje muy importante en el Carnaval de Santa Cruz. Se cambió de ropa. Buscó a los turistas y les preguntó que si se querían sacar una foto con él. "Estaban un poco asombrados, preguntándose quien era el loco ese. Le dije que antes sí habían mostrado interés por mí. Y se llevaron las manos a la cabeza, ¡pero si es Peggy!, yo salí corriendo. La gente la quería a ella, no a mí".

José Manuel desea agradecer a todos los carnavaleros el cariño que siempre le han demostrado a su personaje. "Una vez en una Cabalgata una chica joven disfrazada me cogió la nariz y me hizo tanto daño que mi reacción fue darle en la cara. Cuando llegué a casa tenía sangre pero ahí quedó la cosa. Al año siguiente, vino una joven y me dijo que ella había sido la de la nariz y que quería pedirme perdón, porque su madre le había dicho que lo que hizo estuvo muy mal, porque las máscaras no se tocan, solo se ven. Yo también le pedí perdón. Nos dimos besos y abrazos, y a partir de ese momento siempre me buscaba para recordarme que ella fue aquella chica".

También aprovecha para realizar un homenaje "con el corazón" a todas las ranas Gustavo que la acompañaron durante el Carnaval. "Tuve seis o siete. La primera fue David, de 6 añitos en aquel entonces, el hijo de un vecino, que hoy tendrá más de 40 años. Luego fue mi hija Raiza. Durante varios Carnavales cambié la estatura de Gustavo, con un chico de 2 metros que se llamaba Jaime, y que era un gran actor. Luego conocí a María Eugenia, una fan de Peggy, pero no dio la talla, porque en el escenario de una Gala se quitó la careta. Doy las gracias a todos". José Manuel considera que el Carnaval "de antes" era maravilloso, cuando la fiesta comenzaba a las cinco de la tarde y había ambiente carnavalero siempre en la calle. "Hoy todo es distinto", lamenta.

Sobre un posible sucesor, comenta que un sobrino suyo lo intentó, pero "tampoco daba la talla". "Peggy, además del de Santa Cruz, se recorría los Carnavales de toda la Isla, y si acaso se bebía un whisky o un vermú. Tampoco le gustaba fumar porros y todo lo que le daban durante su recorrido lo tiraba. A este sobrino sí le gustaba beber y lo otro. Yo he cuidado y querido tanto a Peggy que me he resistido a dejársela a alguien que no la respetara".

Ya no habrá Peggy. El hombre que se escondió en ella la recordará en su sillón, con un cigarro en la mano.
La Opinión de Tenerife
Eloísa Reverón

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