martes, 24 de enero de 2012

El origen de las mascaritas

Si existiera un Trivial dedicado al Carnaval, lo mejor sería no jugar en contra de Ramón Guimerá. El ya conocido como historiador de las fiestas por excelencia de Santa Cruz de Tenerife lleva unas tres décadas indagando en el devenir de las carnestolendas. Tras varios libros publicados al respecto, Guimerá firma ahora una nueva sección en la web oficial del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, con la historia de las fiestas, así como el palmarés de todos y cada uno de los concursos que se han desarrollado en la capital chicharrera.


En las palabras del historiador se entremezclan anécdotas y curiosidades con los mejores episodios del Carnaval y suponen el mejor argumento para entender las fiestas de hoy en día. Y arranca, como cualquier glosario de historia, con el inicio en Santa Cruz de lo que es hoy su festejo más tradicional.

Tras indagar en centenares de documentos, Guimerá descubre que, aunque el origen del Carnaval se sitúa en la antigua Roma, los primeros chicharreros en disfrutarlas fueron los burgueses de finales del siglo XVIII. "La clase más elevada de la sociedad santacrucera, entre los que destacaban las autoridades militares, convidaban a a personalidades a veladas donde reinaban aparte del juego, la música y los bailes, las representaciones teatrales y las actuaciones de las primeras agrupaciones formadas para el disfrute del Carnaval", expone.

Mención especial merece el dedicado a las restricciones que han sufrido las fiestas, por bandos y edictos de diferentes autoridades que los isleños se saltaron. Según Guimerá, "en las ordenanzas municipales de 1852, aparecen hasta ocho artículos concretos dedicados al Carnaval". Restricciones que se convirtieron en prohibición expresa durante la Guerra Civil y la Dictadura, aunque en esa época el ingenio logró salvar las carnestolendas. El que fuera en la postguerra el secretario de la Junta Provincial de Información y Turismo, Opelio Rodríguez Peña, "disfrazó el Carnaval como Fiestas de Invierno".

Como curiosidad, destacan aquellas tradiciones que, aunque algunos se empeñen en decir que no, siguen en auge hoy en día. Es el caso de algo tan habitual como que los hombres decidan disfrazarse de mujer: "Entre las tapadas o mujeres de la sociedad selecta se cubrían el rostro con una máscara par a mezclarse con la gente en festejos populares, podría esconderse debajo de un refajo dieciochesco de blondas algún representante del sexo contrario".
Una murga durante un Carnaval de la historia.
De la misma manera, resulta curioso que, al margen de los bailes de disfraces que se celebraban en las diferentes sociedades de la capital tinerfeña, "eran épocas, en los días de Carnaval en los que la gente convergía en la calle de El Norte (hoy Valentín Sanz) y la del Castillo y en la Plaza de la Constitución, llamada después Plaza de la Candelaria)". E incluso el inicio de la Cabalgata se remonta a 1900, con la llamadas camelladas: "Eran dromedarios o caballos los medios de transporte que se usaban para portar máscaras y gente disfrazadas en aquellos primeros desfiles".

Y aunque hoy son las murgas los grupos preferidos por la mayoría de los carnavaleros, lo cierto es que los que primero formaron parte de las fiestas fueron las rondallas, cuya primera aparición data de 1891, si bien Guimerá puntualiza que con "un tímido comienzo". Casi 30 años después, surgen en Canarias las primeras murgas, gracias a los tripulantes de la marinería Laya, a los que dejaron participar en el Carnaval de 1917 y optaron por hacerlo como hacían en su tierra gaditana: como una chirigota.

Algo más tuvo que esperar el pueblo para esperar por el mejor ritmo. Las comparsas llegaron a la capital tinerfeña en 1965, cuando los organizadores de una parranda de la época tuvieron la genial idea de incorporar un grupo de baile con una sencilla coreografía. Así nació una de las señeras del Carnaval actual, Los Rumberos.

La Opinión de Tenerife María Plasencia

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