lunes, 20 de febrero de 2012

Corazón atleta y carnavalero

Cada año o año y medio, Pedro Marrero cambia de deportivas. No porque las desgaste, sino porque las fulmina. Nada de consumir suela a pasitos, más bien lo que hace es quemar goma sin miramientos, a grandes zancadas. De hecho, salió de la meta a los 20 años y a sus 82 todavía no ha parado de correr. Ni piensa.

Y es que Pedro no es cualquier octogenario. Es uno con velocidad considerable, bastante aguante y mucho fondo, pero también con buen ritmo y armonía. Porque este lagunero, además de deportista, también es miembro de la comparsa Los Joroperos desde su fundación, hace 41 años.
Pedro Marrero en su casa, con el traje de la comparsa, sus zapatillas de correr y los trofeos.
Ahora bien, este año, en lugar de correr tiene que caminar, y en vez de bailar con la comparsa no le queda otro remedio que verla pasar desde las gradas. Una mala caía en las escaleras de su casa –con golpe en la cabeza y la espalda – ha sido la culpable del cambio de planes.

Sin embargo, no se lo ha tomado a mal. Asegura que gracias al deporte que practica a diario desde hace 60 años tiene tanta flexibilidad que el médico se quedó sorprendido de que, primero, se levantara por su propio pie y, segundo, de que se hiciera tan poco daño a su edad.
Y aunque ahora toca tirar de la prudencia para recuperarse lo antes posible, Pedro cree que pronto podrá correr de nuevo, como siempre, en el centro de deportes Francisco Peraza, seis días a la semana –a veces siete– durante al menos una hora.

En cuanto a la comparsa, eso sí que tendrá que esperar un año entero. De todas formas, hace tiempo que dejó la disciplina de la coreografía joropera y decidió, junto a dos compañeros veteranos, ir a su aire en las actuaciones. Dice que la idea de salirse de filas en los desfiles se le ocurrió a su amigo Juanito El batata. Desde entonces, es un pájaro libre a golpe de percusión.

Las carreras y los bailes siempre han formado parte de su vida. En su casa tiene una habitación llena de trofeos, casi todos deportivos, pero también carnavaleros. Estanterías acolmatadas de copas y medallas aguantan peso como campeonas. En realidad, nunca ha contado cuántos premios almacena, porque para eso hace falta un buen rato, pero un golpe de vista basta para hacerse una idea del metal que hay allí.

Ahora, acomodado entre esos premios, se ríe al recordar sus años jóvenes, cuando corría con unas zapatillas más duras que el cemento, hechas de materiales obstinados en apresar las prisas. Ni punto de comparación con las de ahora. "Antes eran tan distintas como la noche y el día", indica. Empeñado en una rápida demostración, coge una de sus deportivas y las dobla con una sola mano para demostrar lo blandas que son. "Y tienen cámara de aire y todo", informa.

Tampoco guardan mucho parecido los trajes que ahora luce la comparsa con los de hace 40 años. Entonces no eran de tan buena calidad ni con tantos detalles, adornos y mezclas.

Es normal, todo cambia con el tiempo. Eso lo sabe bien. Incluso el Carnaval chicharrero, que poco tiene que ver con el de su juventud, cuando en Santa Cruz se podía caminar con tranquilidad y más seguridad, sin tanto agobio y muchedumbre.

En aquel entonces, resalta, no veía adolescentes bebidos perdiendo los papeles, ni tampoco tantas peleas y robos. Así que, para él, a veces, las cosas cambian, pero a peor. Además del incremento de la inseguridad, otro ejemplo que apuntala su tesis es el manejo de los teléfonos móviles entre niños y los juegos que los mantienen fijos a las pantallas, alejados del aire libre.

En opinión de Pedro, la juventud de hoy en día necesita hacer más deporte y estar menos pendiente de las nuevas tecnologías, ya que acaban convirtiéndose en un adición y afectando al cerebro. Porque si hay algo de lo que esté orgulloso es de su mente. Según indica, el deporte, el baile y la buena alimentación han hecho de él una piel sin apenas arrugas, un cerebro con una memoria envidiable y un carácter de positivismo permanente que le han ayudado a llegar a su edad con la cabeza bien alta, la sonrisa perfectamente encajada y la espalda erguida.

Este lagunero es una de esas personas que piensan en el presente y en el futuro, que siempre miran a lo que está por venir y pocas veces se entretienen en el pasado. Si tiene que volver atrás y repasar su vida, lo hace sin problemas, con naturalidad, sin necesidad de contar con los dedos ni ojear álbumes de fotos. Sin sacar el pañuelo de las lágrimas nostálgicas.

De su niñez, cuenta que se crió en el barrio lagunero de San Benito, en una casa donde, además de sus padres y sus siete hermanos, vivían también dos de sus abuelos. Al calor de estas doce almas, Pedro pasaba los días como cualquier niño. Su padre fue el último conductor que tuvo el viejo tranvía de Santa Cruz, mientras que su madre cuidaba de la casa, de los hijos y de los animales que criaban, como gallinas, vacas y cochinos.

Con el tiempo, después de hacer la mili, con 300 pesetas inició el negocio que tenía en mente: fabricante de caramelos. Al principio, los hacía a mano. Azúcar, glucosa, agua, esencias, colorantes y sus manos era todo lo que necesitaba para empezar.

Más tarde montó una fábrica, contrató empleados y mecanizó la producción. Los caramelos se llamaban Covadonga, como su hija, y se vendían bien, aunque con esfuerzo. Los primeros años caminaba de aquí para allá con dos sacos de estas golosinas al hombro, vendiéndolas donde podía.

Luego llegó el coche y pudo abarcar más territorio. Cuando aún no existía la autopista, conducía hasta el sur por la carretera vieja, que era tan larga y tortuosa que le llevaba tres días hacer el recorrido. "Yo reservaba mesa en los bares por los que iba a pasar, pero en aquellos días, si llegabas y se había terminado la comida, no había nada que hacer", cuenta. Lo único que le quedaba entonces era comer pan, queso y plátanos.

Pero eso fue hace tiempo. Ahora, de vuelta al presente, Pedro se centra en el deporte, en sus nietos y bisnietas y, concretamente estos días, en el Carnaval. Si el clima lo permite, piensa disfrutar de algunos de los actos de la fiesta, pero sólo como espectador.

Ya llegarán días mejores, en los que, totalmente recuperado, pueda echarse a la calle a bailar con Los Joroperos. Mientras tanto, le toca cuidarse un poco para dejar atrás cualquier secuela de la caída, sin perder el buen humor, siempre con una sonrisa. Como suele decir, "hay que acatar lo que nos toque. No queda otra".
La Opinión de TenerifeSol Rincón Borobia

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