En una edición en la que este acto recuperado en 1979 por el desaparecido director de la Afilarmónica NiFú-NiFá, Enrique González Bethencourt, ha tenido un lugar preponderante en el programa oficial de actos gracias a la exposición Cenizas del Carnaval, comisariada por su hija, Elena (Mele) González Ramírez, no faltó ninguno de sus personajes característicos: desde la Cofradía del Chicharro, Las Celias acompañadas por sus dálmatas, las monjas, las magas con parranda y su singular elección de la romera mayor, el Ejército de la Sardina con su bandera, el Señor de la Palmatoria, Cantinflas vestido de bombero, Chiquito ataviado con traje negro o los botones de hotel con la corona de flores, entre otros. Lo más llamativo este año ha sido cómo cientos de anónimos de las carnestolendas chicharreras de todas las edades decidieron echarse encima el negro irreverente para llenar las calles de llanto y desesperación, con desvanecimientos incluidos.
Precedida por la banda de cornetas y tambores, también luciendo luto, el acompañamiento del difunto -una sencilla estructura diseñada por Elena González y elaborada por el taller Dos Manos, que lucía carteles y elementos propios de la era del flower power- hizo uso de numerosos procedimientos y objetos para simbolizar la pérdida del “ser querido”. Así, como en la pasada edición, un coche fúnebre exhibía una pequeña sardina elaborada artesanalmente por Borrachos Tours, con coronas fabricadas con latas de cerveza, que bailaban al ritmo de la batucada; o un grupo que diseñó un confesionario para aquellos que quisieran redimir sus pecados.
El desfile, jubiloso, histriónico, irreverente, erótico, afligido, morboso, desconsolado, morboso, entretuvo a las cientos de personas que asistieron a presenciar uno de los actos que más ha evolucionado dentro del Carnaval santacrucero.
Este año hubo espacio hasta para la protesta social por parte de un grupo ataviado con bolsas de basura que se mimetizó con la comitiva funeraria para denunciar que “Con el petróleo, Canarias lo tiene crudo”. Se echó de menos, eso sí, alguna satírica alusión al Gobierno local.
Con mayor o menor dolor, las honras fúnebres transcurrieron flemáticas por las calles Méndez Núñez, Pilar, Villalba Hervás, La Marina, la Avenida Francisco La Roche, hasta llegar, a ritmo desolado, hasta el lugar de la incineración, la Alameda del Duque de Santa Elena.
Allí, la pira del pecado carnal ardió y se llevó consigo los males económicos y los errores del pasado para dar paso a una nueva esperanza ante una sencilla exhibición pirotécnica.
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