Los gritos desconsolados de las viudas con voces más desgarradas que nunca se mezclaban con las carcajadas de los espectadores y con la música de los bares colindantes, que aprovecharon el paso del cortejo fúnebre para tratar de hacer algo más de caja. Cada miércoles de ceniza, la capital chicharrera para las máquinas y echa el cierre para todos aquellos que se acerquen a otra cosa o que no sea despedir a la Sardina. Y este año se quedó con las ganas de tener más público.
Aunque no se puede decir que el Entierro de la Sardina cuente con un recorrido aburrido o soso, lo cierto es que en esta ocasión fueron pocas las mascaritas que se dejaron caer por la ciudad. Menos mal que quedan chicharreros con ganas de fiesta que abarrotaron los bordillos de las aceras al paso de la Sardina a la espera de que alguno de los participantes se acercara a bromear como solo en carnavales está permitido.
El desfile se abrió como siempre con una pareja más que conocida por los carnavaleros: dos miembros de la guardia real portaban una corona de flores en honor a la Sardina. Seguramente eran los más serios de todos, porque tras ellos todo era risa y alegría. Sí, no hay nada mejor que un entierro con lágrimas falsas convertido en una fiesta en la que los mayores que siempre participan se suman al cortejo con la misma ilusión que los pequeños que llegan al entierro sin saber muy bien a qué, pero con idénticas ganas de divertirse.
Pero hay más que no fallan: Las Celias, cada vez más espectaculares; el grupo de Las Magas, y su picnic espontáneo en medio de la calzada al son del "canta y no llores"; los miembros de la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá, encargados de escoltar cada año a la Sardina,... Y desde hace varios años se suman los chicos y chicas del Ejército de la Sardina, que ayer por la mañana entregaron su trofeo a Elena González, por su "buen hacer" en esta fiesta y por diseñar la Sardina en cada edición del Carnaval. Es el mismo galardón que en su día se entregara a su padre, Enrique González Bethencourt, por impulsar antaño este peculiar entierro.
Precisamente, si por algo este acto del programa del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife se convierte en el más especial es el hecho de que la organización poco puede hacer más allá de cortar el tráfico, poner la sardina y apurar el paso del cortejo fúnebre para que sea lo más ágil posible. De hecho, por mucho que se esfuercen los miembros de la agrupación de Protección Civil es prácticamente imposible controlar a las viudas, que por el dolor de la pérdida de su sardina no hacen sino sufrir desmayos y vahídos.
Tiradas en el suelo –este año se echó de menos a los chicos del colchón–, esperan a que otras mascaritas les den aire suficiente para continuar hasta el final. Pero no todo son viudas. Ya se sabe que no puede haber entierro sin el clero, y por su puesto que ayer en Santa Cruz había obispos y monjas, aunque peculiares. Con cuernos y colorines o hasta Sor Citroen, los frailes, sacerdotes y hermanas también quisieron decir adiós a la Sardina.
Incluso un cirujano se sumó al cortejo, probablemente con la intención de salvar al pez, pero no logró llegar a tiempo. A pesar de que en esta edición del Carnaval el recorrido no reflejó el derroche de alegría de años anteriores, sí que es cierto que cada vez hay mayor originalidad entre los participantes. Entre cuatro viudas cargaban el paso de un obispo, otra soportaba a un novio hinchable y un grupo de monjes arrastraba un sarcófago que al abrirse mostraba a una viuda.
No hay orden en el Entierro de la Sardina y lo único que está claro es que los primeros son los componentes de la banda municipal, que pone la melodía fúnebre a golpe de percusión e instrumentos de viento. Y que los que cierran el recorrido son los operarios de limpieza afanados por eliminar cualquier rastro de que por la calzada se ha desplegado la fiesta.
En cualquier momento aparece ella, la homenajeada, la pobre Sardina que acabará siendo pasto de las llamas y que como es habitual lució sus últimas galas en consonancia con la temática del Carnaval y que en esta edición son los años 60. Por eso, la encargada de su boceto, Elena González, le regaló en esta ocasión multitud de motivos jipis, alegres y coloridos como pocos. Tantas cosas por hacer en apenas unos kilómetros que no es de extrañar que el entierro se dilate más de lo habitual, pero al final, como tiene que ser, los chicharreros lloraron al son del Carnaval. Hasta el próximo miércoles de ceniza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario