Hijo de un carpintero especialista en escaleras y de una ama de casa, Pedro es el más pequeño de tres hermanos, los dos ya fallecidos: Enrique, forjador, y Carmen, modista. Natural de la localidad madrileña de Cuatro Caminos, la madre enviudó y se empeñó en que Pedro no abandonara la formación para trabajar, por lo que curso Bellas Artes, hasta constituirse en un gran grabador artístico. Estuvo en la firma Guiserís, en la madrileña calle de Montera, hasta que un amigo le propuso trasladarse a Barcelona o Tenerife. En 1955 ya estaba casado y doña Victoria no lo dudó. Ella, que trabajó en la empresa Telefunken, ya había estado en Barcelona y prefirió venirse a Tenerife. Pedro puso una condición: "Conseguir trabajo y tener trabajo". Por ello, remitió un muestrario a la Joyería Purriños, a Mercedes Claveríe y a Rosendo. Fue la llave maestra que le permitió garantizarse un sustento. Primero se trasladó él y, más tarde, su familia. En su domicilio estableció su taller de grabador; esta estancia la ocupa su particular museo del Carnaval Charlot de Tenerife. A la conversación de ayer en su vivienda, con doña Victoria, Pedro Gómez Cuenca asiste con cara de víspera de Reyes, ilusión, con una sonrisa imborrable y un silencio que evita quitar o poner detalle en la animada, y emocionado recuerdo, de todo lo que ha dado Pedro Gómez Cuenca al Carnaval. "Ha sido una vida larga que se nos ha hecho corta", explica Victoria. "Se podrá olvidar de muchas cosas, pero nunca de tanto cariño que ha recibido del pueblo de Tenerife", cuenta. Pedro recupera la memoria para hablar de la señora que se lo encontró por la calle y le dijo "anoche lo vi en la tele", pensando que era el Charlot de verdad, el de Hollywood; o de la pareja que un día pasó a su lago y el chico retrocedió para pedirle, de favor, si no le importaba dar un beso a su pareja.
Este experiencias con el pueblo llano, como dicen, están grabadas en el corazón de Charlot de Tenerife.
Humberto Gonar
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