Aquel tiempo ya pasó. Cuando Feluco gastaba 600 kilos de carne y 1.200 botellas de ron. El suyo era uno de los ventorrillos clásicos: no se vivía el carnaval si el codo de uno no se apoyaba en la metálica barra del Feluco o del Stec. Este año, la guagua del carnaval no para en la fiesta.
Las mascaritas le echarán de menos. No en vano, desde 1980, no había falto nunca a la cita de febrero. A estas alturas del año ya se le veía ajetreado, dando instrucciones a Domingo, el camarero que se transformaba en la negra, haciendo acopio de cajas, regateando precios. Pero este febrero, Feluco no estará en el carnaval. «Que no cuenten con Feluco, no voy a ver ni la gala, voy a poner una manta por encima del televisor», comenta.
Los últimos cambios tampoco le gustan. «Los chiringays están privatizados», asevera, «se ha perdido el sentido del carnaval». La otra punta de la dispersa fiesta, El Rincón, tampoco le despierta interés carnavalero o empresarial. «Eso va a ser un botellón», lamenta.
Feluco empezó en esto porque el club de boxeo Tres Palmas necesitaba comprar material para el gimnasio. Aquella guagua paró en la calle Nicolás Estévanez y desde allí recorrió todo el parque. Pero donde más éxito tuvo fue en el parque blanco. «En aquel tiempo había hasta doce mogollones en los carnavales y venían orquestas de élite como las de Celia Cruz o el Combo Dominicano», recuerda.
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