jueves, 14 de febrero de 2013

Llantos y risas para despedir a la Sardina

Dos viudas lloran desconsoladas sobre un coche fúnebre.Un llanto desgarrador rompió el silencio de Santa Cruz. En las calles, algunos chicharreros se fueron agolpando en las aceras bajo el paraguas por la llovizna que empezaba a caer. Ambiente extraño para el pleno Carnaval, aroma de Miércoles de Ceniza. Las luces de la Policía abrían hueco en la vía y el sonido de tambores y trompetas se escuchaba a lo lejos. Era el inicio de un sepelio divertido, el más esperado de los carnavaleros, el que despide la fiesta... con permiso del fin de semana de piñata: era el Entierro de la Sardina.
Desconsoladas viudas, miembros del clero y hasta algún que otro monstruo se dejó caer por el cortejo fúnebre, que acompañó no a una, sino hasta a cuatro sardinas, gracias a que los grupos cada vez se implican más con esta fiesta y confeccionan sus propios pescados. La oficial, la que sale cada año de las manos de Elena González, este año lució con aspecto de Bollywood. Con los labios marcados cual morritos, marca de Enrique González, y rodeado de coloridos elementos como velas o serpientes, la Sardina estuvo rodeada de su séquito de siempre, los miembros de la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá.
Pero la Sardina del Carnaval bollywoodiense iba al término, casi cerrando el desfile incesante de viudas, curas, monjas, enfermeros, novias y todo tipo de mascaritas. Un cortejo fúnebre en el que los miles de espectadores se disponían a pasar el mejor de los ratos con las ocurrencias de aquellos que apartaron sus responsabilidades del día para vacilar y hacer reír.
Grupos de viudas totalmente vestidas de negro con algún detalle de color, una peluca o un marabú o un simple abanico, buscaron las carcajadas de todos los carnavaleros e incluso se atrevieron con los agentes policiales que velaron por que el entierro se desarrollara sin incidentes. Eso fue lo que le ocurrió a Las Magas, grupo ya conocido por los amantes del Entierro de la Sardina que, ataviado con un disfraz inspirado en el traje típico canario, se han hecho populares por sacar el picnic en medio de la calle, ya fuera delante del coche de la policía o del edificio del Ayuntamiento.
Todo eso para dar paso al entierro en sí, que tenía que ir precedido por la solemnidad de los botones del Carnaval. Es otra de esas parejas que se han hecho conocidos a base de participar cada año en el cortejo portando una corona de flores y que esta edición, además, estuvieron acompañados por un gaitero que les marcaba el ritmo del paso.
La tranquilidad se tornó luego en disparate, en el que no se distinguían las risas de los llantos. El público no sabía hacia donde mirar, en busca de una cara conocida entre tantos rostros ocultos entre tanta máscara, velos y gafas de sol. Y mientras escudriñaban a las viudas, tenían que soportar que alguna de ellas se acercara para llorarles en el hombro o recordarles que "se nos ha marchado" la Sardina.
Elementos habituales son también los alusivos al sexo, desde penes de plástico iluminados perfectamente visibles a otros que simplemente asomaban debajo de la falda y que solo se mostraban en plenitud cuando había que recuperarse de una fatiga o un vahído. Por si la ayuda del resto de desconsoladas no fuera suficiente, no faltaron al sepelio varios grupos de enfermeros y enfermeras con jeringuillas bien grandes para reanimar en medio del tumulto a las desmayadas.
Desconocidos que se mezclan en medio de las calles santacruceras con un único objetivo: pasar un rato agradable en lo que se despide Don Carnal. Es el acto preferido por muchos carnavaleros, que pasan horas preparando el disfraz que lucieron anoche. Hay diseños que provocan la carcajada solo de verlos o un simple gesto de admiración, como es el caso de Las Celias, que estrenan luto cada Miércoles de Ceniza. Anoche, además, cambiaron sus habituales husky por una pequeña camada de cachorros, que si no fuera por el color rosa hasta parecerían reales.
Y con tacones. Que Las Celias son de esos personajes a los que no les importa subirse a unos zancos con tal de completar su disfraz. Aunque la verdad es que no son las únicas osadas, ya que un buen puñado de noveleros se atrevió hasta con plataformas.
En medio de tanto llanto, llama la atención una música. No es celestial, pero si anima al baile. Es una batucada, alrededor de la que se aglutinan más viudas y curas. O un coche engalanado, que en lugar de lucir carnavalero apareció esta vez como lo que procede: un vehículo fúnebre. Dentro, un ataúd en el que, según se cansaron de repetir las desconsoladas mascaritas, tenía a Mariano Rajoy dentro. "Spanish president", dijo una de ellas a un extranjero preocupado por la identidad del finado.
El Entierro de la Sardina es el menos oficial de los actos programadas en las fiestas chicharreras. Resulta imposible organizar y controlar el desfile, pero lo cierto es que nadie lo pretende. La diversión y las risas son una constante en medio del disparate, hasta tal punto de que se dejan caer por el cortejo fúnebre familias con niños y niñas también ataviadas como viudas. Si ese desfile sale cada año es gracias a los que se lanzan a la calle con toda una muestra de creatividad e ironía. Tal es la simpatía que muestran los participantes en el Entierro de la Sardina que en más de una ocasión el público invadió el cortejo con la intención de sacarse una fotografía con tan curiosas mascaritas.
Entre las más fotografiadas, precisamente, las que portaban más elementos. Entre las militares que llevaban a hombros a su particular sardina crucificada, un coche fúnebre en el que se ocultaba otra o incluso un confesionario móvil en el que contar al clérigo sus pecados de Carnaval. En semejante desfile de color entre el luto también hubo sitio para los sustos: entre monstruos que salían de un ataúd y otros que se aparecían repentinamente al lado, los gritos de terror se mezclaron con el llanto y los aullidos de las viudas.
Llega el momento de enterrar el Carnaval, el primer paso del fin de la fiesta más esperada por los chicharreros, y se hace con la quema de la Sardina, un hecho que se produjo pasada la medianoche. No es de extrañar teniendo en cuenta que el propio vacilón de la comitiva hace que sea lenta y que se produzcan parones. Aunque, a diferencia de desfiles como la Cabalgata, este año suspendida, o el Coso, esos momentos en los que no se mueven más que una pesadez se convierten en un motivo más para la risa.
La Opinión de TenerifeMaría Plasencia

No hay comentarios:

Publicar un comentario