Y se le ve a gusto, cómodo en su gesto, oteando un limitado horizonte de árboles enfermos; escuchando el aleteo de las palomas cuando, espantadas por algún niño, levantan su vuelo común para posarse al ratito en el mismo punto exacto. Y sonríe seguramente cuando otros caballeros detienen su paso ante su nuevo traje, y le dedican un recuerdo, una frase, un gesto amable; ante la señora de ojos melancólicos y ausentes que de camino al viejo ambulatorio cruza la plaza y se sorprende observada, y le surge entonces un hilillo de risa y una mirada pícara que la rejuvenece diez, veinte, treinta años, y la transporta a la misma plaza, otra mañana similar a esta pero tan distinta, encendida y brillante... Y hasta los perros, que instintivamente levantan la pata en el pretil de su estatua, olfatean su dulce sombra y rectifican, mientras mueven el rabo al compás de una melodía de pitos inaudible para el resto de los mortales "Cubanito soy señores, cubanito muy formal... Vale más ser cubanito, aunque usted lo tome a mal".
Silvia Curbelo
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