Poco a poco, unas chicas nos llamaban para, como en el colegio, hacer una fila. “Una tal” Yaya, y creo recordar que también Cristina andaba por aquel entonces ya en la organización.
En el teatro, abuelos, tíos, primos y demás familiares desbordaban la bombonera chicharrera. Y nosotros, los niños, protagonistas del concurso de disfraces, íbamos a tener la oportunidad de pisar el mismo escenario que la reina del Carnaval. Donde se había celebrado la gala. ¡Chiquito lujo!
Era la primera vez que participaba en el concurso. Mi tía, Luisa Elvira, me había ido a inscribir a escondidas de mi madre, que poco a poco asistió luego a cada tarde de sábado y domingo en la que la casa de mi abuela, Mamá Lula, se convirtió en un “astillero” para construir mi carabela en la que me incrustaron como dentro como Cristóbal Colón. Recuerdo aún la discusión sobre el número de velas que debía llevar, o los más insignificantes detalles por los que peleó mi tía para que todo fuera lo más fiel al diseño original… Tiempos, tiempos.
Más que ganar el tercer premio de disfraces infantil masculino me impactó la parafernalia. El despliegue de la organización. Desfilar por la pasarela que cruzaba el teatro Guimerá. Y el presentador. Un gigante. “Un tal” Paco Álvarez. Conservo como oro en paño mi trofeo. Un trozo de mármol negro que llevaba superpuesto un círculo metálico que llevaba estampado el cartel del Carnaval: el burro, de Galarza, de 1981.
Casi veinte años después, ¡quién me lo iba a decir!, conocí al hijo de don Juan. Mi maestro en la profesión que me dio la alternativa en el Carnaval. Y la profesión me permitió conocer al cartelista de mi primer concurso, don Juan Galarza, y a un montón de gente grande del Carnaval. Sin duda, aquella fiesta era muy familiar. Se “cosía” desde muchas semanas antes de que la fiesta saliera a la calle. Como anécdota, con apenas nueve años, recuerdo que cuando mi madre me dejó en manos de Yaya para que me preparara para salir al escenario fue la primera vez que me separaba tanto de ella… Tiempos, tiempos.
Cualquier tiempo pasado no es mejor. Pero gracias a aquellos tiempos hoy sigo enamorado del Carnaval, que nada tiene que ver con sexo, drogas y…. un buen colocón.
Es fácil entender porqué… “Carnaval, te quiero tanto”.
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