Y es que, qué quieren que les diga, son las ilusiones las que mueven nuestro mundo. ¿Qué somos sin ellas? Un profundo vacío. A ver, párense a pensar. ¿Cómo nos sentimos en el trabajo cuando pasa la ilusión primera de comenzar en él, de conocer su engranaje, cuando nos sentimos infravalorados, explotados o decepcionados con la gente que nos rodea? ¿O simplemente cuando trabajamos en algo que no nos gusta ni un fisco? El trabajo se convierte en un infierno, en ese mal necesario que tenemos que cubrir para cobrar a fin de mes (los que cobran, claro). ¿Qué sucede cuando en nuestra vida personal ya no sentimos ilusión por llenar nuestras horas con nuestra pareja, cuando nos quedamos sin proyectos que realizar juntos? La vida en pareja se alimenta de ilusiones: conocerse, enamorarse, irse a vivir juntos, la nueva casa, un hijo, el primer día en la escuela, los cumpleaños de los pequeños, sus caras el día de Reyes… Sin esas ilusiones, la pareja se desvanece, y con ella la familia.
Todos nos movemos por ilusiones. Sin ellas, sentimos que nuestra vida no tiene sentido. Y es cierto que, a medida que van pasando los años, las ilusiones son cada vez menos, más restringidas. Dejan de ser grandes sueños para reducirse a esos pequeños regalos que nos dejan recibir entre facturas y letras, a ese resquicio que nos deja la rutina del trabajo. Y en esta época de crisis, de recortes de derechos, de desahucios, en la que administramos nuestras miserias y cargamos con las de los demás, las ilusiones son más importantes que nunca.
Por eso, no me sorprende que en las taquillas del Heliodoro se pongan en fila los aficionados del Tenerife. El derbi es sólo un granito de arena, pero, después de dos años de Coruxos, Linenses y otros equipos varios, es como alcanzar un buen plato de jamón ibérico tras un año comiendo arroz. No porque enfrente tengamos a Las Palmas, sino porque, por un día, el aficionado espera volver a sentirse orgulloso de ser blanquiazul. Porque, como dirían Los Bambones, “todavía en la vida me sigue algo ilusionando”… Ese algo puede ser el Tenerife, que nos hace olvidar durante dos horas el domingo que todas las rutinas existen, puede ser el cada vez más próximo carnaval, puede ser que me dejes acurrucarme en tu hombro cuando llegues a casa. Y no lo vamos a descubrir hoy, ya en el Siglo de Oro lo escribió a la perfección nuestro Calderón, en uno de mis versos favoritos: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción” y no acabo de recitar la estrofa que me pareceré a La Oreja de Van Gogh recordando al genio. No hacía falta irse tan lejos. Las ilusiones las tenemos aquí, al alcance de la mano. Y que no nos las roben, que será como morir en vida.
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