Lejos del disparate y el gentío del Carnaval de Día, las familias disfrutan desde hace varias ediciones de una jornada preparada para los niños en la zona del Bulevar. Sin más música melodiosa que las carcajadas y los gritos de los niños, las carnestolendas invaden esa parcela de la capital chicharrera gracias a la fantasía de los menores. Así se hace posible que una princesa dé saltos con Batman en un castillo o que varios piratas cambien su barco por los cochitos e incluso que un pequeño indio se deleite con la actuación de las murgas infantiles.
Todo ello bajo la atenta mirada de los padres, que aprovecharon ayer bien la mañana o bien la tarde para que sus hijos disfrutaran de la fiesta mientras ellos planificaban alguna de las noches de bailes que febrero (y marzo) regala a la Isla. Un ir y venir de gente, con o sin disfraz, grandes y pequeños, en los que el denominador común son las ganas de pasarlo bien.
Es la misma intención de unos carnavaleros bien distintos. Sin grandes fantasías como protagonistas o sin disparate propio de las fiestas por excelencia, un nutrido grupo de tinerfeños abarrotó ayer por la tarde la Plaza del Príncipe para disfrutar de uno de los mejores sonidos del Carnaval tinerfeño: las rondallas. Este colectivo, que llegó hasta la céntrica zona tras pequeño desfile, se subió a las tablas del templete para regalar su lírica a los agradecidos espectadores, que ovacionaron cada actuación.
Otros pocos carnavaleros optaron por darse un paseo por la avenida de Anaga, a la espera de que partiera el concurso de Ritmo y Armonía y contemplar algunas carrozas y coches engalanados de los que participaron en el concurso. Quizá sea esa la magia de esta fiesta, que ofrece un poco de todo para todos y, además, evolucionando si perder la esencia. Y a lo mejor en unos años, estas generaciones no tendrán foto del burro, pero sí un buen puñado de recuerdos.
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