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lunes, 22 de febrero de 2016

Bajona post-carnavalera

Déjenme... Hoy no estoy para nadie. Llevo encerrada en el cuarto pileta desde anoche. Siempre me pasa, es el síndrome post-carnavalero. Soy así. Me aferro a la fiesta cual lapa al marisco de El Confital. ¿Ustedes saben el trajín que yo llevo? Un año entero juntando lentejuelas y frufruses, para luego echarlo fuera en tres semanas. Un estrés es lo que es. Mi abuela Consuelo ya me ha preparado cinco tilas y cuatro caldos de parida que le llama ella al consomé de pichón, mano de santo pa' calmar los nervios del estómago, que a mí se me sube el pomo y aruño.

Tengo disfraces hasta en el alma. Toda la casa esparramada. Mi madre, que vive la fiesta como la que más, también está con la cría muerta... Menos mal que Miguel tomó las riendas de la situación y despistó un contenedor de MSC para guardar los trajes. Con una grúa nueva de la Sagep trasladaron el TEU a la calle La Naval y lo pusieron delante mi casa. Ahí los oigo desde mi encierro a él y a mi padre estibando los atavíos... Espera que me asomo, que me los arrugan todos. "¡Migueeeeeel, cógelos por la percha, mi niño!... Pobrecito, también tiene su corazoncito debajo de esos pectorales que da gloria verlos, y se le nota venido abajo por el cese de las Carnestolendas. Nos habíamos hecho trinchera en la carpa chiquirout de Inmaculada y allí volaban los gin-clipper que daba miedo... ¿Y ahora, qué? A la dura realidad.