lunes, 23 de enero de 2012

El salón de Vicky Carrillo se disfraza

La televisión siempre encendida, aunque da igual cual sea la programación. La vista de Victoria Carrillo se centra en las puntadas que le faltan para rematar una pieza, antes de comenzar con otra. Medio centenar de disfraces se entongan en sillas y sofás, colgados de perchas en las paredes y muebles y en cualquier otro rincón disponible de la casa. Así es desde hace 23 años, solo dos menos que los que lleva en el Carnaval chicharrero la murga a la que Vicky cose: Marchilongas.


Tantos años y tanto trabajo a sus espaldas, que sorprende que no se haya vuelto loca. Porque no es fácil dar vida a lo que un diseñador dibuja en un papel, por muy hermoso que sea. Hay que buscar las mejores telas y adornos y el método para que quede lo más parecido posible a lo que la creatividad del autor de la fantasía pretenda. "Gracias a la silicona y a que las telas cada vez vienen mejor", asegura la costurera de Taco, quien no duda lo más mínimo en afirmar que, para ella, sus trajes siempre son "los más bonitos".

Y eso que cuando las chicas de Keila Jerez le presentan el diseño correspondiente, Vicky nunca se queda convencida. Lo revisa una y otra vez, y pregunta mil y una dudas hasta que asimila que es el trabajo que le toca para ese año. Una vez que lo va poniendo en marcha hasta se atreve a "pelearle al diseñador" y aporta sus propias ideas para que la fantasía luzca mejor.

Este año ha ido incluso más lejos y les ha propuesto a Marchilongas su propia idea. La fantasía de la murga de Taco en sus bodas de plata está inspirada en un cojín de la costurera, que Lito Díaz convirtió en 25 años mariposeando. Para confeccionarlo, la costurera ha necesitado en torno a 300 metros de tela y "kilómetros y kilómetros de hilo", explica.
Vicky

Al menos este Carnaval a falta de unos días del concurso ya está todo "prácticamente listo". "Cada año es diferente, depende fundamentalmente de cuándo lleguen las telas", añade la costurera, quien señala que un año pasó hasta 72 horas seguidas sentada delante de la máquina de coser. "Ese Carnaval, tenía que realizar unos 170 disfraces, porque además de las Marchilongas también cosí para Bambas y Bambones", apunta Vicky.

Fue demasiado, porque el trabajo se concentra en unos meses y se intensifica en las últimas semanas "y no podía más", lamenta la costurera. Confía en que a su murga de Taco, "por amistad y por cariño, no la dejaré mientras el cuerpo me aguante" y hasta calcula cuándo será eso: "Quedan unos diez años más".

Adora tanto a sus niñas que es la única de las modistas que se deja ver por el backstage el día del concurso. Bien provista de imperdibles, alfileres, elásticos, aguja e hilo porque "aunque descoserse no se descose nada", siempre puede haber algún remate que ajustar o un dobladillo que molesta. "Y después del concurso alguna vuelve para que les arregle algo", admite Victoria Carrillo.

Tras más de dos décadas cosiendo para el Carnaval, se puede decir que la modista de Taco ha sido testigo fundamental del avance que han experimentado los cada vez más logrados diseños. Aunque este año la dichosa crisis haya apagado el esplendor de antaño, al menos en lo que al trabajo de costura se refiere se ha logrado dar pasos hacia adelante. De su trayectoria detrás de Marchis, destaca especialmente dos fantasías: Geisha en 2000 y Elfo en 2002. Ambos sobresalieron en sus respectivas ediciones, pero no es el resultado lo único que recuerda Vicky sino lo costoso que fue confeccionarlos.

Normalmente cuenta con la ayuda de una sobrina, aunque en algunas ocasiones ha tenido más de un colaborador. De todos ellos, solo uno de sus tres hijos se ha inspirado de Carnaval, a base de ver cada año su casa "disfrazada desde diciembre". Pero para que no se acabe la genética, su nieta disfruta como una pequeña murguera más entre retales, lentejuelas, galón,... Hasta sus vecinos tienen asimilado que en ese rincón del lagunero barrio de Taco se respira el ambiente más carnavalero

Sobre todo cuando llegan los premios: "No me echan de milagro, porque se arma una fuera...". El cariño del que antes hablaba la costurera se responde así por parte las murgueras que, cuando tienen la suerte de que el jurado les otorgue un galardón en presentación, las chicas desfilan a bombo y platillo hasta su casa, sea la hora que sea. "Y este año también vendrán", asegura la costurera, quien se entrega tanto a las fiestas que, cuando concluyen, siempre entra en "una bajona".
La Opinión de Tenerife María Plasencia

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