domingo, 27 de mayo de 2012

Carnaval sin plaza

El Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria afronta este año algunos de los desafíos más intensos de las últimas décadas. Una sentencia judicial que estuvo a punto de bloquear la celebración de los actos nocturnos el año pasado en el parque de Santa Catalina impide cualquier prórroga a la búsqueda de espacios alternativos, después de diez años de pleito en los juzgados que han terminado ganando los vecinos de algunos edificios próximos al escenario natural de la fiesta.

El traslado exigido por los jueces afecta en particular a los actos que se celebran a partir de la medianoche. La sentencia viene a defender el derecho al descanso de los ciudadanos que viven en la zona, y el acuerdo alcanzado con el ayuntamiento para garantizar el cumplimiento de la exigencia judicial permite el uso del parque en horarios adecuados. Por eso, los actos oficiales seguirán contando con el parque de Santa Catalina como escenario central del Carnaval, aunque sometidos al síndrome de Cenicienta.

Es ahí donde empieza el debate. Si de algo presume el Carnaval de la capital grancanario, es de ser una fiesta en la calle, que se disfruta especialmente por la noche. No es sólo una cuestión ambiental o hedonista; la mayor fiesta de la ciudad es también uno de los mayores atractivos para el comercio y para la economía urbana, y su ubicación afectará a los beneficios que genera.

El Ayuntamiento ha puesto dos alternativas sobre la mesa, y quiere cerrar la discusión antes de que finalice el mes de junio. La concejal de Cultura y responsable del Carnaval, Isabel García Bolta, no está convencida de la propuesta inicial, que supondría el traslado del tenderete carnavalero al Recinto Portuario, apenas a 500 metros de su ubicación actual. De hecho, la Autoridad Portuaria ha negociado ya las autorizaciones oportunas para la cesión temporal de las parcelas que acogerían los Mogollones. Algunas protestas vecinales, que amenazan con reclamar a los jueces el mismo trato que los vecinos de Santa Catalina, mantienen abierta la duda, a la que contribuye el enorme gasto en las medidas de seguridad necesarias para contener la masiva concentración carnavalera a la misma orilla del mar.
  Gonzalo H. Martel

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