La Avenida La Salle reúne gran parte de los mejores recuerdos de la infancia de Elena González. Esta chicharrera, hija del considerado padre de las murgas, el director y fundador de la Nifú-Nifá, Enrique González, que falleció hace ya tres años, rememora a cada instante los años que vivió en el lugar.
La pequeña González nació en mayo de 1958, y aunque sus primeros años de vida los pasó en la avenida Tres de Mayo, sus memorias no empezaron a cobrar forma hasta que se mudó al primer piso del número 18 de La Salle. Desde allí, según cuenta, las calles la vieron hacerse mayor, al mismo tiempo que González las vio crecer a ellas.
En uno de los laterales de esta glorieta se encontraba también el Club Marítimo Atlántico, un club de pesca muy famoso de la época, a donde iban a parar muchos de los pescadores que iban a capturar los peces en la zona de Los Llanos. "Y después de Tres de Mayo sólo había solares y más y más plátanos", concreta. La mujer asegura que cada día era una cosa nueva. "Te asomabas al balcón y veías camiones y excavadoras eliminando las parcelas de plátanos", explica. Y así continuó, según recuerda, hasta la década de los años 70, momento en que el espacio se configuró casi en su totalidad.
De aquella época ni siquiera se conservan muchos comercios, tan solo la farmacia que hace esquina en la misma rotonda de La Salle, la peluquería que hay junto a ella, –la de Óscar y Ville–, donde su padre iba a cortarse el pelo, y la venta de Don Pepe. "Pero todos han cambiado ya de manos. Antes no había tanta tienda como ahora", aclara.
Sin embargo, el número 18 de La Salle sigue prácticamente igual, tan sólo ha cambiado el color de la fachada y la puerta, que en la década de los años 60 era de madera. "No sé si es un recuerdo propio o me ha ayudado la foto que tengo guardada en la que aparezco asomada con dos moños entre los barrotes del balcón", confiesa riendo.
González transita por La Salle señalando casi cada rincón mientras afirma que ésta es la vía de Santa Cruz que más veces ha pateado. Caminaba casi a diario para ver a sus abuelas, que vivían al otro lado del puente Galcerán, y para ir a su colegio, la Pureza de María, donde realizó muchas de sus trastadas. "Siempre me mandaban al despacho de la que fue la directora, que es mi tía, porque hacía muchas travesuras. Sacudía los borradores llenos de tiza en la silla de la profesora", explica riendo.
Cuando la pequeña Elena, que en el presente tiene 54 años, cumplió la década, su padre, que era aparejador, entró a trabajar en Flex, la empresa de colchones que estaba en la calle Garcilaso de La Vega. "Mi padre estaba muy unido a Santa Cruz, no sólo en Carnaval, sino que también, como aparejador, colaboró en el levantamiento de esta zona", explicó. En aquel momento la compañía cedía a sus trabajadores una vivienda en un edificio próximo, por lo que el padre de las murgas trasladó a la familia a la misma vía. Esta chicharrera explica que fue en este rincón donde comenzaron los mejores años.
"Fue en esa época cuando empecé a salir a la calle a jugar, era lo que más me gustaba", admite. González confiesa que nunca fue una niña de muñecas, todo lo contrario. Cuando le regalaban alguna la disfrutaba un rato y cuando se aburría les quitaba la cabeza para jugar al fútbol con ellas en la propia avenida La Salle, ya que en aquel momento apenas transitaban coches. El resto del tiempo se entretenía saltando a la comba, al elástico y en jugar en los futbolines con trabas de la ropa. Pero sin duda, lo que más le gustaba era hacer carreras de carros por la calle Calderón de la Barca, que entonces era de tierra, e ir de excursión por las plataneras. "Teníamos algunas casetas fabricadas entre los solares. Mi padre era el que promovía que las creáramos. Siempre nos conseguía los materiales y nos fabricaba los bólidos", rememora con una sonrisa dibujada en el rostro.
El padre de las murgas, además, era también muy ingenioso, según cuenta esta chicharrera, todos los días se le ocurría algo nuevo. "Nos hacía cinturones con los muelles de los colchones de Flex y nos ponía debajo de los platos transparentes del almuerzo monedas como premio para que nos comiéramos todo", recuerda.
González se acuerda también de los paseos hasta la Calle del Castillo para disfrutar del que para ella es el mejor Carnaval, el de las máscaras. "Siempre me hacía un traje con los recortes de disfraces de mi padre para vestirme yo", dice riendo. En el presente, esta chicharrera aún pasea por estas calles con una sonrisa dibujada en la cara. "Aunque echo muchas cosas en falta, lo cierto es que esta zona ha cambiado a mejor. Antes se tardaba un buen rato en ir al ambulatorio con tanta platanera y calle sin asfaltar", indica. "Pero sin duda, yo siempre fui muy feliz. No envidio para nada la infancia de los niños de ahora", dice mientras observa una vez más la avenida La Salle, la calle que más sonrisas le ha robado hasta ahora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario