miércoles, 20 de noviembre de 2013

Cantad, cantad, murgueros

El año pasado, durante este mismo mes, una amiga empezó a dejar de ir a sus clases de segundo de bachillerato porque los ensayos en su murga se hacían demasiado intensos. Ya le había ocurrido durante años anteriores. La diferencia fue que el año pasado dejó definitivamente de estudiar. Habiéndome criado en un barrio murguero, he visto cómo el segundo cuatrimestre es –y creo que se podría hacer una estadística al respecto– el más desaprovechado y nefasto para todos los niveles académicos en nuestra Comunidad Autónoma. Hasta hace poco, simplemente no podía comprender cómo unos padres podían poner por delante lo que ellos llamaban "ser murguero de corazón" a la formación académica de su hija adolescente; pero intentaba hacer un símil con "ser culto de corazón" o "futbolero de corazón" para intentar entenderlo, si es que algo así puede entenderse: Sinceramente, yo no puedo.

No creo que tenga que disculparme por ello, aunque a veces lo haya tenido que hacer: ni soy carnavalera ni murguera. No me atrae ninguna de las dos cosas, ni de corazón ni de cabeza. Desde luego prefiero que nuestra fiesta más internacional sea disfrazarnos y salir a divertirnos a la calle antes que torturar, vejar y matar a un toro; pero no me siento partícipe del asunto desde hace años. Lo del Carnaval, en general, lo encuentro un tema entretenido: los disfraces a veces son sorprendentes y el ambiente es a veces agradable y a veces sórdido, y hasta peligroso. Lo de las murgas para mí roza la sinrazón, sobre todo, la parte en la que alguien trate de vendernos que eso tiene algo que ver con la "canción protesta". Si Violeta Parra, Paco Ibáñez, Bob Marley o John Lennon levantaran cabeza y viesen a esas casi cien personas "¿cantar?" encima de un escenario sobre los recortes del gobierno, yo me iba a otro sitio. Y lo sé: toda comparación es odiosa.

Antes de ayer, comentaba a mi grupo de Whatsapp del colegio que acababa de salir un artículo mío en el periódico, por si querían leerlo y, tras pedirme el link y yo explicarles que era en papel, una de las murgueras del grupo me comentaba que ella solamente compraba el periódico en Carnavales, para seguir los eventos. Yo le preguntaba, atónita, que cómo protestaban acerca de política o, más aún, de la actualidad social canaria sin comprar o leer la prensa. Me respondía que era algo "más que común", y que ella era cantante, no letrista La próxima vez que salgan a decir que "cantan con el corazón", me reiré o apagaré la tele después del pasacalle.

Pues tras preguntar, debatir el asunto, escuchar burlas, sufrir el haber tocado el tema intocable en Canarias, y cansarme de escuchar barbaridades, me fui a dormir. Y anoche, tuve un sueño. Soñé que las murgas, sin darse cuenta si quiera, en un Tenerife de ciencia ficción, habían sido compradas por marcas, partidos políticos, canales de TV por cable e incluso bancos. Todos los miembros no sabían nada, porque nada leían, y aplaudían y ejemplificaban y loaban la incultura y la desinformación. El Carnaval en sí se había convertido en una suerte de Danzad, Danzad Malditos post-moderno en el que los disfraces y las letras estaban patrocinados, y en el que los cargos políticos se alcanzaban a base de medrar siendo murguero.

Anoche soñé que gente enferma tenía que ir a pedir ayuda a las murgas porque eran los grupos de poder, nuevos lobbies de nuestras islas, y que las mascaradas eran las nuevas caras del salvoconducto de la ignorancia. Ayer soñé que la realidad de nuestro pueblo eran masas rojas de tanto reír el día del concurso de murgas pensando que ellos (los murgueros), más listos que él (el presidente), luchaban por nosotros. Luego me desperté, asustada, porque recordé súbitamente, que además de que no les importa un pimiento el tema, la mayor parte de la gente, murgueros ellos, solo compran la prensa en febrero. ¿Quizá no fue un sueño?



Alba Sabina Pérez Pérez

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