jueves, 9 de octubre de 2014

La tolerancia como linea maestra

Hace unos días el artículo "Buen cartel, Alejandro", firmado por Roger en este mismo periódico, con la excusa de realizar una opinión mordaz sobre la crítica popular del cartel del carnaval de Santa Cruz de Tenerife en su edición de 2015, supuso una serie de comparaciones y calificativos que no tienen cabida en una sociedad democrática que hace años abandonó la oscuridad del pensamiento único.


No voy a responder en el mismo tono con el que el articulista camufló la homofobia implícita en su discurso, pero tampoco voy a dejar que el silencio sea cómplice del ruido de la intolerancia, y mucho menos que se caricaturicen las libertades sociales bregadas durante décadas. Los chistes fáciles sobre la comunidad homosexual no representan a la sociedad chicharrera, abierta y tolerante a lo largo de su historia.

"Menos tacones y menos sarasas" sintetizan la intolerancia sobre la que giran sus párrafos, anclados en una serie de tópicos habituales de una época encorsetada en una moral que compartía bajo palio la primera línea de los actos públicos.

La educación en la tolerancia de la diversidad es la que ha conseguido que este país se alejara de la imposición de clichés antagónicos hasta los actuales valores democráticos. Mucho no ha de gustar ese logro cuando se sentencia: "Al velillo no le gusta sino el antifaz, el travestido, la cara de payaso y cualquier motivo que él entienda". Está claro que no sólo redibuja las viejas líneas divisorias a imagen y semejanza de un credo pretérito, sino que no es capaz de tender la mano al diálogo y a la cultura de la tolerancia para apuntar en la dirección del progreso social.



La libertad de expresión no es más que la victoria de la tolerancia sobre el pensamiento más oscuro y retrógrado. Si bien cada sociedad o cultura entiende la libertad de expresión de manera particular, en líneas generales, el grado de tolerancia social facilita los avances en materia de libertad de opinión y marca las fronteras del libertinaje. Y aunque a muchos se lo parezca, libertad no es sinónimo de libertinaje. El libertinaje es la actitud irresponsable e involucionista ante la ética que invalida la libertad y erosiona gravemente la tolerancia. En más ocasiones de lo estrictamente necesario los intolerantes se amparan bajo ella para justificar la extensión de sus más oscuras ideas.

La receta contra la intolerancia es la construcción democrática de la sociedad respetando las libertades personales, pero sobre todo desterrar un código moral al servicio de la oscuridad de una minoría escudada en las tradiciones más retrógradas.

Florentino Guzmán Plasencia
Concejal delegado en materia de Igualdad del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife

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