Septiembre se quiso ayer vestir de febrero, el mes por excelencia del Carnaval, sin llegar siquiera a caldear al patio de butacas del Cine Víctor. El estreno del primer musical sobre la fiesta más multitudinaria y conocida de la capital a nivel nacional e internacional, el Tenerife Carnaval Show, no arrancó anoche el esperado empuje ni el entregado aplauso de los más fieles seguidores.
La sucesión de algunos de los más manidos tópicos de la fiesta de la carne tan solo despertó tímidas risas en algunos episodios. Únicamente el Chicharrero de corazón de Ni Pico Ni Corto y el arranque de las comparsas levantó en ocasiones al público de sus asientos al ritmo de la batucada y del más que esforzado cuerpo de baile. Joroperos y Cariocas fueron las notas de luz y de ánimo a un espectáculo carente de ritmo que ayer no enamoró ni a los fieles más acérrimos.

Una sola mirada a la platea en la recta final del musical, en la que el maestro de ceremonias invitó a los presentes a unirse a la fiesta final al grito de "todo el año Santa Cruz es Carnaval", evidenció las impresiones de los presentes. Raro es que un pueblo tan bullicioso y entregado como el chicharrero en todo lo ligado a esta celebración no se lanzase a bailar y desmelenarse al ritmo de la música. Sin embargo, muchos encararon inmediatamente la salida del teatro con rostros que dejaban entrever la oportunidad pérdida que para muchos supone este musical.
El espectáculo pronto evidenció las dificultades de llevar a un teatro una celebración que, al margen de los concursos, es eminentemente urbana, canalla y disparatada. A la lógica falta de rodaje de los grupos participantes cuando todavía estamos en verano y a los nervios del estreno se unió una puesta en escena que caminaba a caballo entre la lentitud y lo previsible y, sobre todo, con serios altibajos. Mezclar en apenas tres minutos el recuerdo de Enrique González y un mal chiste sobre Rafael Amargo, por ejemplo, no ayudó a dar continuidad al montaje.
Además, resulta complicado coordinar a más de cien personas. En algunos tramos del espectáculo los pasillos se convirtieron en un frenético ir y venir de personas mientras el escenario estaba vacío.
Sin embargo, la gran pata coja del Tenerife Carnaval Show radica en su hilo conductor. Como si se tratara del típico chiste de un inglés, un alemán y un francés, tres personajes de estas nacionalidades y/o ascendencias se deciden a cumplir sus sueños y unirse a los grupos del Carnaval. La historia de amistad y trabajo de este particular trío amoroso únicamente despertó en un par de ocasiones el interés del público. Pero no es el mayor de sus problemas.
En un espectáculo eminentemente dirigido a los turistas que llegan a la capital tinerfeña, mayoritariamente extranjeros, se echa en falta la existencia de subtítulos en inglés y/o alemán; algo completamente necesario para que un no iniciado en el Carnaval pueda al menos seguir el hilo argumental de la historia. El doblaje tan solo está presente en los vídeos destinados a contar la historia y las particularidades del Carnaval, una mínima parte del montaje de más de 75 minutos de duración estructurado en cinco actos, en la que se repasa desde el multitudinario concierto de Celia Cruz de hace 25 años, al Coso o al Entierro de la Sardina.
El montaje, no obstante, sí permite a los visitantes sentir el colorido y el frenético ritmo del Carnaval. Habrá que esperar para ver si con el tiempo se depuran los fallos, se potencian las virtudes y si el espectáculo consigue atraer a los siempre necesarios turistas a la capital.

Andrés Lobato