Aunque el fenómeno no es muy nuevo, se pudo observar anoche con bastante claridad en una calle Triana llena de policías para evitar los polvos furtivos junto al comercio. Si entre las 19.00 y las 20.00, hora oficial para el comienzo del pasacalles en el Guiniguada, no dejaban de pasar por la Calle Mayor cientos de adolescentes armados de tarros de polvo, entre las 21.00 y las 22.00 se registraba un trasiego muy parecido de adultos que, con la esperanza de no encontrarse con los cuatro jinetes del apocalipsis del talco, se dirigían a los bares de Triana, la plazoleta de Cairasco y Vegueta.
Algo menos de 5.000 personas participaron directamente en la polvareda oficial, que partió a las 20.00 de las inmediaciones del Teatro Pérez Galdós precedida de la Banda de Agaete. La Policía Local, sin embargo, contabilizó a 9.000 participantes, contando, sin duda, a las personas que iban llegando a Triana e inmediaciones para participar de la otra fiesta, la de las copas con los amigos junto a las barras instaladas en la calle, pero nunca para meterse en la nube de polvo. La nube, en la que predominaban los adolescentes dio tres vueltas al circuito del Guiniguada y a las 21.30 se dio por finalizada tras acabar la música. Muchos de esos jovencitos se quedaron allí mismos atraídos por la música, a veces latina a veces estridente, de la carroza anunciadora.
"Hay demasiados chiquillajes, mejor esperamos que se vayan y ya iremos", aseguraba Felisa, una mujer de mediana edad perfectamente vestida de blanco indiano junto a la puerta del Gabinete Literario. Desde allí, y en dirección a la calle Muro, sólo se observaba una nube de polvo que ocupaba todo el Guiniguada.
"Se ha desmadrado un poco, si no hubiera tanto chiquillo sería más agradable", lamentaba también Lidia, sentada en un banco de la calle Triana poco después de las 20.00. "Antes se pasaba mejor porque venía menos gente y no venían todos estos chiquillajes", agrega Pepa, a su lado. "Son jóvenes y la juventud es así", añade, comprensiva, Yolanda. Las tres van vestidas de elegantes mujeres indianas también de blanco y con encajes de alta calidad. Junto a ellas pasaba en ese mismo momento cinco chicas que no aparentan más de 16 años. Su atuendo es bastante menos elaborado que el de las tres señoras sentadas en Triana, más informal: pantalón muy muy corto, camiseta blanca y cholas.
"Los indianos no son esto, esto es un desprestigio para la fiesta de La Palma pero sobre todo para esta Isla", se quejaba amargamente otra participante de mediana edad junto a la nube de polvo que no quiso identificarse, "si a todos estos chiquillos les quitas el tarro de polvo y les das una rama, harían exactamente lo mismo, y eso no es la fiesta de los indianos". "Yo he estado 12 años en los indianos de La Palma y esto no tiene nada que ver", aseguraba Elías, un jubilado, viendo la nube de polvo desde la distancia, "a mi me gusta reírme, vacilar y bailar con los indianos pero aquí es más chabacano".
Más participativos estaban Elisa, Juanma y Thornsten, llenos de talco hasta las cejas. "Nos metimos al principio de empezar el pasacalle pero estamos asfixiados", reconoce Juanma, con una cervecita en la mano, "por eso estamos bebiendo algo, para recuperar el aliento". "Yo había venido hace años y ahora veo mucha gente muy joven y muy alocada, no me convence", añade Elisa, que ronda la treintena. "Además el recorrido este en círculo es muy soso", apostilla su amigo de origen alemán en referencia al polvódromo. "Aquí estaremos media hora más y luego nos vamos al Náutico, no nos vamos a quedar por Triana, allí lo pasamos mejor y ya se nos caerá el polvo por el camino", ríe Juanma mientras da un último trago a la cerveza.
Más confiados en que la gente se iba a animar tarde o temprano, todos los bares del entorno del Guiniguada, ya sea en el margen de Triana o en el de Vegueta, tenían anoche sus barras instaladas en la calle para servir copas a los indianos más adultos, los que no se metieron en la nube pero que son los que, a fin de cuentas, pagan por las copas. La zona más animada según iba disipándose la polvareda era la plazoleta de Cairasco, donde cientos de mascaritas impolutas bebían en la calle ante la presencia de los policías que controlaban que el polvo no se desmadrase. Algunos aprovechaban para sacar desde allí mismo una foto espectral de la Catedral envuelta entre las tinieblas del talco.
Los bares no fueron los únicos que hicieron caja anoche. Alguna farmacia y varios locales pusieron ayer a la venta tarros y tarros de polvos talco para aquellos rezagados que no querían ir desarmados.
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